Cada
parte de ella le pertenece y aún respira. Aún puede andar en pie por su
cuenta. Fascinada por la vida que se le decolora se le vuelve mudo el
amor y se le reduce el mundo a una cobija con su olor.
Cualquiera
hubiera jurado que aquello que veían en aquel sillón no era una mujer,
era una muñeca de porcelana que no pertenecía a ninguna colección.
Incluso sus pies no se despegaban del tocador donde sonreía y aguardaba
con incomprensible calma. En su mirada se le había incrustado el cielo y
se convirtió en objeto pero ella aún respiraba.