27.2.14

¿A dónde fuiste?






Me levanto como quitándome todas las ramas que me atan a esta cama que me llena de sueños lúcidos, tomo un vaso de agua, me lavo los dientes queriendo quitarme este sabor tan falso que me queda de los sueños, busco la ropa interior que quiero que me quites, me veo cuánto te extraño en el cabello, me veo el insomnio en estos ojos que se desvanecen y se cuelan por el espejo estas ganas de besarte que tienen mis labios tan cuidados. Busco mis toallas para secarme la tristeza, deshecho toda esta peace por la taza de baño porque ahí afuera a los humanos les gusta la mierda y la guerra. Abro la llave de agua caliente que cae en la tina y me dice ¡eres una cobarde! ¿Por qué no quieres despertar? Abro la llave de agua fría, callo ese ruido protestante que ahora hace más ruido, se ve tan fría, tan malvada, como queriendo hacerme daño, como queriendo decirme la verdad. 

Este fin de semana que fui a comprar velas y varitas aromáticas, vi un jabón que olía como a tu extraño nombre, parecía cielo, de ese despejado, como finito, como alcanzable, lo traje conmigo. Hoy lo uso y que rico me baña tu recuerdo. Se me hace eterna esta ducha y se me adelanta el tiempo con tu recuerdo, ¿con qué derecho vienes a mover las manecillas de mi reloj y quién te dio llaves para entrar en mis pensamientos? Ya que estás aquí, deberías limpiarme los malos momentos y pedirle disculpas a mi cabello.

Qué locura, otra vez hablándole a la extraña del espejo, saludando a las cortinas nubladas y a la sensualidad de la melodía que me baila. Salgo, me disfrazo la falta que me haces y cubro con cremas perfumadas estos berrinches absurdos de mi piel que quiere que regreses. Preparo un té negro y veo cómo hierve, como explota, como se derrama y como se desborda cual orgasmo, reventando, desprendiendo aromas que saben a negro, a vacío.

Veo esa nota que se encuentra como de costumbre cerca de mi taza favorita, creo que la ponen para mí “no olvides llevar a la escuela lo que preparé para ti” pero yo no tengo hambre, a estas horas sólo pienso en vomitar sentimientos de los que estoy llena. 

Llevo mi termo lleno de agua para recordar cuánto me puedo querer a lo largo del día y olvido mis lentes en el sillón porque no hay algo que me dé razones para usarlos, no buscaré a nadie, los árboles, las flores, las palabras de los libros y la música no se ven, se sienten cerca, se huelen y se escriben. Preparo mi bolsa como si no fuera a la escuela porque no quiero decirme a dónde voy y pongo adentro mis cosas imaginando que es mi vida la que llevo adentro para que sienta que la puedo ordenar.

Subo las escaleras, a veces no me gusta saborear las palabras, ahí fuera en el camino que debo recorrer, las personas articulan mucho, sus palabras giran como payasos alrededor de mi cuello y me asfixian con chistes sin gracia, con colores que bailan y que no tienen sentido porque no colorean nada; bajo las escaleras que últimamente confundo con el vacío. 

Llego a la escuela, comienza el primer y el único acto del día, es un alivio haber aprendido a actuar en mi casa para poder sobrevivir porque ahora puedo hacerlo aquí, donde debo ser feliz porque no quiero mentir ni hablar de ti. No quiero que no sepan nunca que te perdí.

Llego, entro, tarde para no tener muchos asientos entre los que deba elegir, no quiero pensar, fijo la mirada en mi pupitre y aunque el salón está lleno de gente sé que a todo esto le hace falta un poco de vida así que le sonrío a alguien y dibujo dos que tres árboles, flores y hojas entre mis cuadernos; intento escuchar lo que dicen los de arriba pero entonces segundo tras segundo aparecen esos recuerdos inexistentes. A veces estos deja vus tan largos ya no se disfrutan como antes. 

Cuando me regalan tiempo, te invento o leo historias, veo aves y ardillas, hago a los árboles mis amigos y a las pocas flores mi compañía, sólo dejo que el aire me toque y termina el día, regreso a casa, las articulaciones de la mañana siguen sin cobrar sentido pero han atardecido y se convierten en mareas altas que golpean con fuerza sobre la costa de los vecinos.

Veo esa señal que me dice "has llegado" y me gusta su color, subo las escaleras, abro mi puerta, dejo mi bolsa como queriendo descargar mis sentimientos en el suelo, quiero a mis gatos, como por que mi mamá me conoce, enciendo ese pequeño infierno tentador, pongo una lista de reproducción y siento como si fuera a venir ese pequeño ataque de pánico otra vez. Aguanto la respiración, mis manos consuelan mis oídos, cierro los ojos como queriendo volverme invisible, agacho la cabeza porque abajo puedo sentir que mis piernas me protegen, hago silencio para que no venga nadie a preocuparse, no quiero tomar gotas esta vez, sí voy a dormir pero así no deseo ir, ya no quiero tener otro día más así de somnoliento, como muerta, desgastándome entre gestos vacíos, intentando explicar cosas que hago por sentimientos que yo no comprendo, que a veces me encantan y que ustedes hacen que parezcan horrendos.

Me siento como cayendo del cielo en forma de pluma, como comiéndome mi cuaderno, leo un mensaje tuyo en mi pantalla que se precipita conmigo hacia el vacío, hoy no me molesta mi oreja porque el dolor se ha ensombrecido con tu pequeño resplandor, cae sobre mí un vaso de agua y me parece sentir un pedacito de cielo en mis manos que parece felicidad suficiente...









Otra vez me levanto como quitándome un montón de ramas a las que me abrazo cuando mi cama me lleva a esos sueños lúcidos en el Bosque. Tomo un vaso de agua que me ayuda a despertar de esta desesperación mía por encontrarte en algún lugar hermoso, lejos de aquí. Enciendo la luz con la esperanza de seguir dormida pero todo está ahí, justo como estaba ayer.