Contaban:
¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve! ¡Diez!
Cantaban
con dolor:
¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro!
Tan sólo
eran números pequeños:
¡Cinco! ¡Seis!
Entonces.
Entonces
nada pasaba.
¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!
Pero
siguieron cantando:
¡Veintiuno! ¡Veintidós! ¡Veintitrés!
Y el
dolor se acumulaba:
¡Treinta y
uno! ¡Treinta y dos! ¡Treinta y tres!
Y aquéllos números:
¡Cuarenta! ¡Cuarenta
y uno!
Sobrepasaban
el umbral para el dolor:
¡Cuarenta y dos!
Y se acercaban al umbral de la justicia.
¡Ya son cuarenta y tres!
Contaban:
¡VEINTISIETE!
A decir
verdad
fue un
grito fuerte.
Me sentí
asustada.
Y entre
tantos números
sentí
convertirme en uno,
sentí
correr la cuenta atrás de mí.
Temí ser
yo la que siguiera
En aquélla
numeración humana:
¡Uno!
¡Dos!
Espera.
¡Cinco!
¡Siete fosas!
¡Nueve!
¡Diez!
¡Once personas!
Sigue.
¡Diecinueve!
¡Veinte
días!
¡Treinta y tres!
¡Cuarenta
y cuatro minutos caminando y más!
¡Cincuenta
y cinco!
¡Sesenta
y seis horas esperando y más!
¡Setenta
y siete!
¡Ochenta
y ocho minutos gritando y más!
¡Noventa
y nueve!
¡Ciento y... ¡Lo siento mucho!
Pero ya
no quiero contar.